Me
ha llamado mucho la atención la necesidad que un país tenga que inventar o crear
zonas de tranquilidad, para salvaguardar su fauna
silvestre, porque eso implica, sin duda alguna,
que la influencia humana ha llegado a sus límites de tolerancia
ambiental.
Desde
hace muchos años, cuando uno salía al campo apenas se encontraba con algún
viajero en el camino, porque la motivación de la mayora de los excursionistas y
turistas, no se encaminaba por esos senderos, pero en las últimas décadas, la
demanda turística hacia el medio natural y rural, ha crecido exponencialmente,
reduciendo cada año el territorio silvestre donde la fauna, pueda conservar su
espacio vital de tranquilidad, y desarrollar su vida con la mínima alteración
posible.
Por
eso, se plantea y nos planteamos muchas veces, la contradicción, entre la
búsqueda de la necesaria rentabilidad económica de la actividad turística, y la
ética que a veces se modifica para conseguir esos objetivos empresariales.
Porque entiendo, que una mayoría de micro-emprendedores turísticos en las zonas
rurales y naturales, tienen una vocación de respeto y convivencia con su
entorno natural: fauna & flora, siendo a su vez su sustento o recursos
básicos, para elaborar sus productos turísticos.
Siempre
entendí y promocione la idea que el turismo necesita calidad ambiental para
poder dar satisfacción a sus clientes y si nos referimos a entornos rurales y
naturales, que es un porcentaje altísimo del territorio turístico, en todo el
mundo, este idea se hace aun más fuerte
o importante.
Lo
cierto, es que desde hace muchas décadas se viene trabajando con el tema de
capacidad de carga turística, para determinar un número máximo de visitantes
por día o por horas, en un lugar específico, tanto en áreas naturales, como
también culturales y así minimizar los impactos ambientales de las visitas.
Aunque
posteriormente este concepto evoluciono hacia otro, más ajustable a la oferta y
demanda de uso público, introduciendo la premisa de los límites del cambio aceptable (Parques Nacionales de EEUU), donde se
expresaba, hasta cuanto se está dispuesto a modificar un entorno, en función de
la conservación de dicho espacio natural.
La
verdad es, que en muchas ocasiones, la imprudencia, la ignorancia o incluso la
falta de sentido común, son los factores que mas daño pueden hacer a nuestros
ecosistemas, que si bien una mayoría de visitantes suelen respetar (mas bien
por comodidad y seguridad de las infreastructuras) las vías de transito en una
zona determinada, hay otros que sin sobre pesar el potencial daño a la fauna o
vegetación en peligro, acceden a muchas áreas, donde la vulnerabilidad de la
fauna o flora es muy alta y su presencia puede cambiar la etología de las
especies o la migración forzosa a territorios no aptos.
Es
el caso de esta creación de zonas de tranquilidad en Suiza, que podría o debería también
llevarse a cabo en muchos otros países y tenerlo como ejemplo de prevención en
destinos emergentes.
No
obstante, la mayoría del turismo y en especial el excursionista, no está
realmente motivado por acceder a estas zonas vulnerables, por falta de
motivación y por el esfuerzo físico y emocional que conlleva. Sino, mas bien
demanda “escenarios bonitos, relajantes, impactantes, espectaculares”, lo que
denomino “estética ambiental” , así como acceso privilegiado a la fauna y
flora, mediante espacios tematizados (tipo zoológicos abiertos, puntos de
observación, arboretums, jardines botánicos, etc.…) donde realmente pueden
satisfacer sus expectativas.
La
respuesta puede ser que si es posible ese equilibrio, entre turismo y
conservación, teniendo en cuenta que se puede obtener rentabilidad con
criterios éticos de manejo y conservación del Patrimonio Natural y Cultural,
pero se requiere conocimiento, información, capacidad de gestión y en especial
voluntad política, en el termino mas estricto de la palabra.
Un
cordial saludo y les deseo un Feliz 2014,
Arturo
Crosby
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